Hawking y sus setenta

«Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha utilizada para la búsqueda del conocimiento». Son palabras del pensador científico más conocido del mundo moderno, que acaba de cumplir y celebrar con sus colegas de la universidad de Cambridge su 70º aniversario. «¿El estudio de la teología y la filosofía es hoy una pérdida de tiempo?», se le preguntó a Stephen Hawking en una ocasión. «Sin duda», fue su respuesta.

Desde muy joven le habían diagnosticado una enfermedad terrible del sistema motor de sus neuronas que presagiaba su fallecimiento en menos de dos o tres años. Han transcurrido más de 40 desde entonces y sigue predicando, literalmente, sobre ¿por qué hay algo, en lugar de nada, en el Universo? Parece sorprendente, pero lo cierto es que ni la ciencia tiene una respuesta definida para tal pregunta. Tal vez la más básica de todas las preguntas que pueda formularse uno, al entreabrir los ojos y percatarse de algo de lo que le dejan percibir sus códigos genéticos y otros. ¿Cómo es posible que no sepamos eso a ciencia cierta todavía?

La respuesta de Hawking sobre la existencia de entes sobrenaturales era tan negativa como la de una maestra a quien oí increpar a una alumna después de preguntar a toda la clase: «Que levanten la mano las que todavía creen en los horóscopos». «Se ha equivocado usted de carrera», le soltó la maestra a una de las cinco futuras psicólogas, convencidas todavía de que su futuro lo anticipaba su fecha de nacimiento y las líneas de sus manos. Su respuesta era tan negativa, efectivamente, como la de Stephen Hawking al divagar sobre el sentido de la investigación y el pensamiento, pero mucho más insolente y agresiva.

Hawking no creía, efectivamente, que la profundización del conocimiento de la teología y filosofía condujera a ningún sitio pero, con toda seguridad seguía formando parte de un colectivo marcado por la admisión del cambio de opinión, el valor de la prueba mientras duraba y el principio de la incertidumbre.

Retrato de Stephen Hawking en la puerta de un garage (imagen: DMF Photography / Flickr).

Constituye un contrasentido olvidar que hasta los primates han aprendido a cambiar de opinión. Durante siglos y décadas se consideraba una traición a la cuna y a los valores heredados el cambiar de opinión. El carácter positivo o negativo de una persona se definía por su negativa a cambiar jamás de opinión ni, sobre todo, la que había sido de sus padres. Fue un gran neurólogo mexicano el que comprobó en el laboratorio que también los monos podían cambiar de opinión; que, en lugar de persistir pidiendo lechuga o tomate, unos segundos después podían preferir la zanahoria o los plátanos y manifestarlo así, sin asomo de culpa.

La comunidad científica también aprendió en su corta existencia no solo que las tesis sugeridas debían sustentarse con una prueba, sino que otros podían aportar pruebas de lo contrario. Lo que ayer resultaba blanco, hoy puede demostrarse que es negro. Hasta ayer mismo se creía que con la edad pueden debilitarse los músculos, pero en modo alguno la capacidad mental, que supuestamente se acrecentaba o, por lo menos, permanecía inalterable. Ahora se acaba de comprobar en el laboratorio que a partir de una determinada edad –bastante antes de lo que se sospechaba– disminuye la capacidad mental.

Por último, sea cual sea la convicción comprobada de un científico, esta se distingue de la creencia en saber aceptar y digerir el principio cuántico de la incertidumbre. La admisión de que dos átomos colocados en distintos hemisferios pueden sentirse mutuamente por estar entrelazados, en términos de la física cuántica, confiere una humildad al método positivo de análisis de la realidad que no tenía todavía la maestra cuestionada. Con toda seguridad, tanto ella como su alumna increpada abordarán un día la búsqueda del conocimiento con un grado de humildad que agradeceremos todos.

Eduard Punset
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A unos 100 metros de la lanzadera espacial Challenger. Bruce McCandless II ha estado más lejos de lo que ningún hombre ha estado nunca. Guiado por una unidad especial de maniobra, este astronauta flotó libremente en el espacio. Él y su colega de la NASA Robert Stewart han sido los primeros en experimentar este “paseo espacial” insólito, durante la misión 41-B de la lanzadera espacial en 1984. El sistema de propulsión funciona mediante chorros de nitrógeno y pesa unos 149 kg. Aunque es muy pesado en la Tierra, en el vacío del espacio “carece” de peso, como todo.

Fuente: STS-41BNASA